La biblioteca privada del Führer


En la fotografía, Adolf Hitler aparece con los brazos cruzados, rígidos, la mirada perdida en la distancia, el pelo liso, intacto. La luz que atraviesa la ventana –una luz suave y cálida, como en los cuadros de Vermeer– ilumina la mitad del rostro de Hitler y también la de los libros que reposan en un mueble macizo, semioculto atrás de su espalda.

image“Estoy convencido de que Hitler era un lector voraz”, dice desde su apartamento en París Timothy Ryback, autor del libro Hitler’s Private Library (La biblioteca privada de Hitler) en el que se revelan, por primera vez, detalles históricos de la relación que Hitler tuvo con su biblioteca y el impacto que libros como El Quijote, Robinson Crusoe o las obras de Shakespeare, entre muchos otros, tuvieron en la formación de su carácter.

Es posible que Hitler leyera un libro cada noche”, dice Ryback. “En todas las conversaciones con las personas que hicieron parte de su entorno inmediato, oí hablar de sus hábitos nocturnos de lectura y de los recuentos que hacía a la mañana siguiente durante el desayuno”.

La investigación de Ryback es minuciosa. Durante un poco más de seis años persiguió infatigablemente el rastro de los libros que decoraron las bibliotecas de Hitler en toda Alemania. “En el curso de esta investigación, por ejemplo, descubrí que 1.200 libros de su biblioteca habían sido confiscados por el gobierno de Estados Unidos luego de la guerra y entregados a la Biblioteca del Congreso. También descubrí otros ochenta que habían sido tomados del búnker de Hitler por un soldado norteamericano en la primavera de 1945. Estos libros se donaron a la Universidad de Brown. Sin embargo, lo que más me intrigó de todo, tanto de los libros en la Biblioteca del Congreso y de los volúmenes que se encontraban regados en las colecciones públicas y privadas de Europa, era que la mayoría pertenecían a una época temprana de carrera de Hitler, y que él no sólo los había mantenido a su lado durante toda su vida, sino que había señalado páginas enteras de su interés”.

imageComo un arqueólogo avezado, Ryback se concentró en estas ‘marcas’ o improntas de lectura, descifrando las anotaciones que Hitler había hecho en sus páginas, para enseguida establecer asociaciones entre su vida política y los libros. “Resulta claro que muchos de los libros que lo acompañaron desde los días en que era joven formaron gran parte de las ideas destructivas que tuvo, como lo escritos antisemitas de Henry Ford o los ensayos y las novelas que enaltecían la superioridad de la raza alemana”.

Entre los libros de la biblioteca de Hitler que han sobrevivido al tiempo, y que se calculan en unos doce mil, el más relevante a juicio de Ryback es una traducción al alemán del tratado The passing of the great race (La caída de la gran raza) de Madison Grant. En este libro, Grant cataloga a los europeos del norte como una raza superior destinada a gobernar, y se manifiesta en contra de cualquier mestizaje étnico o racial.

“Hitler siempre describió el libro de Madison Grant como su Biblia”.

Al pie de la letra

Resulta paradójico que el mismo hombre que en 1933 emprendiera una campaña incendiaria para reducir a un montón de cenizas cualquier ejemplar que estuviera en contra de los intereses de Alemania, hubiera sentido un afecto tan desbordante por los libros. “Guardaba las obras completas de Shakespeare en el segundo piso de su refugio alpino al sur de Alemania, junto con la edición empastada en cuero de uno de sus autores favoritos, el novelista de aventuras Karl May”, escribe Ryback en el prefacio de su libro.

“El Hitler que se preserva en los libros que han sobrevivido de su biblioteca es un hombre de una inseguridad intelectual tremenda; un hombre que nunca completó su educación secundaria y que pasó el resto de su vida tratando de llenar ese vacío de una manera desesperada y, finalmente, inútil”.

imageFue esta necesidad intelectual la que lo llevó a nutrir su biblioteca privada de hasta 16 mil libros, muchos de los cuales, sin embargo, jamás llegó a leer. En la sección de libros raros de la Biblioteca del Congreso, a unas pocas cuadras del Capitolio de Washington D.C, reposan hoy la mayor parte de ellos, empastados y catalogados con meras cifras intrincadas que en modo alguno evocan el esplendor que alguna vez tuvieron al poblar los salones de las casas donde vivió Hitler.

Lo que necesito, lo tomo de los libros”, dijo alguna vez Hitler, categórico. A lo que Ryback hoy explica: “Me parece que esta afirmación captura finalmente toda su esencia. Al carecer de una educación formal, Hitler fue incapaz de desarrollar un sentido crítico en el que distinguiera lo serio de lo trivial. Leer de un modo ecléctico y sin crítica, lo llevó a convertir esta mescolanza de ideas en una de las ideologías más destructivas que la humanidad haya conocido”.

La última página

El 30 de abril de 1945, con las tropas rusas entrando triunfales a Berlín, Hitler se dispuso a seguir el plan que se había trazado ante la eventualidad de una derrota. Temeroso de los rumores que circulaban entonces sobre la posibilidad de que el ejército ruso lo encerrara en una jaula y lo exhibiera en un desfile monumental por las calles de Moscú, se envenenó en su búnker junto con su esposa Eva Braun. El método: cianuro y un tiro en la cabeza.

imageEn el Archivo Nacional de Washington se encuentra una fotografía del cuarto que tenía en su búnker. En ella, un soldado de quepis y pantalón a los tobillos mantiene los ojos clavados en los hierros chamuscados de la cama de Hitler. Un rifle cuelga de uno de sus hombros.

Tras el bombardeo de los aliados, la habitación ha quedado reducida a escombros, con la salvedad de algunos libros que lucen intactos. En la foto es imposible ver los lomos. Por el ángulo en que fue tomada la fotografía, tampoco es posible ver las portadas. Pero están ahí. Son una prueba de los hábitos de lectura de Hitler.

“Nunca sabremos los títulos de los libros que tenía a un lado de la cama el mismo día en que se suicidó –escribe Ryback en las páginas finales de su libro–, aunque sabemos que había ochenta libros en el búnker por entonces, algunas adquisiciones recientes, pero también libros que había adquirido cuando era joven y que había trasladado a Berlín: un tratado de 1913 sobre el Parsifal de Wagner, un folleto sobre la importancia racial publicado en 1917, una historia de la esvástica de 1921, una docena de libros místicos y de ciencias ocultas de comienzos de los años veinte, incluyendo una edición rústica de 120 páginas titulada Las profecías de Nostradamus, de Carl Loog, publicada en 1921”.

En esta edición barata, impresa en un papel ordinario que de a poco se ha ido deteriorando, Loog no sólo habla del surgimiento de un “profeta” que liberará al pueblo alemán, sino que será oído por todo el mundo. Nunca se sabrá si Hitler tuvo tiempo de leer tales predicciones.

Páginas de sombra

El número de libros que Hitler acumuló durante su vida varió de acuerdo con los momentos políticos en los que estuvo envuelto. En 1935, en un perfil a cargo de la periodista Jane Flanner para la revista norteamericana The New Yorker, se informó que su biblioteca poseía alrededor de 6.000 ejemplares. Unos años después, el corresponsal de la UPI Frederick Oechsner hablaba de 16.300, cálculo validado recientemente por los investigadores Philipp Gassert y Daniel Mattern.

imageDe acuerdo con el libro de Ryback, en la actualidad sobreviven unos 12.000, todos almacenados en la Biblioteca del Congreso, en Washington D.C.

A diferencia del esplendor que compartieron junto con los paneles de madera, las lámparas de bronce y las sillas majestuosas de las casas privadas de Hitler en Munich, Berlín y Berchtesgaden, hoy las obras de la biblioteca privada del Führer ocupan varios gabinetes oscuros en la sección de Libros raros de esa institución.

Por un pelo

Los hallazgos de Ryback durante su investigación se riegan, medidos y reveladores, a lo largo de las páginas del libro. Sin embargo, uno de los que más asombra, es el que incluye una tarde de lectura en la primavera de 2001 y un libro de la colección de Hitler, catalogado por la Biblioteca del Congreso con el número N6885.07.

Escribe Ryback: “Cuando abrí el libro sobre Berlín, escrito por Osborn, en la atmósfera tenue de la sala de lectura de la sección de libros raros y con el sonido amortiguado del tráfico del mediodía, descubrí, plegado entre las páginas 160 y 161, una hebra delgada de un centímetro de largo de lo que parecía haber hecho parte de un bigote”.

 

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