Los tres soldados estadounidenses que sobrevivieron milagrosamente al encuentro con una tribu caníbal en Nueva Guinea.


Fue un 13 de mayo de 1945, hace exactamente 70 años, cuando se sucedió una historia más propia de un libro de ficción que de la vida real. Y es que un avión de las fuerzas aéreas estadounidenses se estrelló en Papúa, Nueva Guinea dejando en plena selva a tres soldados americanos. Desamparados y hambrientos, los militares terminaron dándose de bruces con una tribu de caníbales de la que, finalmente, lograron escapar de una forma totalmente rocambolesca: construyendo una serie de planeadores para marcharse, literalmente, volando.

Esta curiosa historia, tal y como publicado la BBC, comenzó un 13 de mayo de 1945, poco después de la rendición sin condiciones de Alemania y, por lo tanto, del final de la Segunda Guerra Mundial en el frente Europeo y africano. Fue en ese momento cuando el ejército americano decidió tener un gesto de amabilidad con 24 de sus combatientes acantonados en la entonces Nueva Guinea (hoy Papúa y Papúa Occidental) y llevarles a dar un «vuelo de incentivo» -un paseo en avión para recompensar su participación en la contienda-.
El lugar que decidieron sobrevolar era una zona que había sido bautizada como «Shangri-La» y en la que, según se había podido investigar, habitaba una tribu de caníbales que nunca antes había tenido contacto con el hombre. Sin duda, un viaje que sería muy apreciado por los pocos suertudos que embarcaron en el avión «The Gremlin Special». Sin embargo, durante el vuelo el piloto perdió el control del aparato y el aeroplano se terminó estrellando contra una montaña de la zona. Tan sólo sobrevivieron tres personas.

«La primera superviviente fue Margaret Hasting, una bella cabo del ejército. El segundo fue el sargento Kenneth Decker, que sufrió una herida terrible en la cabeza y quedó totalmente amnésico. El tercero fue el teniente John McCollom, que no tenía heridas físicas, pero sí emocionales, pues su hermano gemelo había muerto en el accidente», explica, en declaraciones a la BBC, el periodista Mitchell Zuckoff (quien dio a conocer esta historia en el libro «Lost in Shangri-La»).
Un curioso encuentro y una extraña huída

Tras recoger todos los víveres que encontraron y a sabiendas de que si se quedaban en la zona morirían, McCollom tuvo la idea de buscar refugio y hacer señales a los aviones aliados con una bandera amarilla. Tuvieron suerte a medias, pues fueron rescatados, pero por la tribu de caníbales que, hasta hacía pocas horas, pensaban ver desde la lejanía a través de la ventana de un avión.

«Eran guerreros caníbales y, según el ritual, solían comerse la carne de los enemigos cuando les mataban. Querían matarles, pero el líder de la tribu les recordó que una leyenda profetizaba que, un día, espíritus de piel blanca caerían del cielo. Así que, en lugar de comérselos, decidieron que tenían que protegerles», añade Zuckoff.

Mientras en medio de la selva las cosas andaban así, a los Estados Unidos se les ocurrió enviar una unidad para rescatar a los supervivientes del accidente. Curiosamente, seleccionaron a un grupo de pintorescos paracaidistas filipinos que habían sido entrenados para llevar a cabo misiones de extremo riesgo tras las líneas enemigas. Así fue como 11 de estos militares se lanzaron armados hasta los dientes sobre Shangri-La. Sin embargo, con lo que no contaban es con que iban a ser rodeados por centenares de caníbales, los cuales les desarmaron sin mediar palabra.

Por entonces esta historia era ya famosa en todos los medios, y todo era principalmente, gracias a la mujer que había sobrevivido. La prensa no iba a salir decepcionada, pues aún faltaba la última parte de este extraño suceso. Y es que, para huir, los supervivientes construyeron varios planeadores a los que ataron a los heridos y con los que consiguieron salir volando de aquellas montañas. Un tipo de avión que, en aquellos años, era llamado «ataúd volante» por causas obvias. A ellos, sin embargo, les llevó a la libertad.

  

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