“El fin del mundo, siete cuentos chilenos sobre la Segunda Guerra Mundial”


Setenta años después del fin de la colosal carnicería, Ediciones B publica El fin del mundo, siete cuentos chilenos de la Segunda Guerra Mundial.

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El volumen lo abre Sergio Gómez con “La delgada figura de la dama”, una ficción sobre las culpas y monstruos del oficio médico. Su protagonista, el doctor Odría, vive perseguido por su propia sombra oculto en el sur chileno. El médico que trató de un cáncer a la madre de Hitler, se queja como si recordar fuera un desgarro muscular. Sentado en un bar de la memoria, revisa sus cicatrices abiertas acompañado de otros parroquianos. «Mi culpa es una muerte que se multiplicó por millones», alega uno de los cuentos logrados del libro, inspirado en la culpa del médico que motivó la autoconfianza extrema en Adolf Hitler.

A continuación, Jaime Collyer ficciona sobre los últimos días de Freud, a modo de ventrílocuo. Entre caminatas a orillas del Danubio vienés y algunas sesiones de terapia, el autor de Swingers estira las posibilidades del relato erótico con una figura octogenaria —que mete a la cama con Nietzsche y Lou Andrea Salomé— y agentes de la SS que acechan sus pasos. Ahí, aparatosamente, su insistencia en pormenorizar la anatomía masculina resulta ingenua, impostadamente juguetona, incluso molesta en su intencionalidad efectista: «una mano femenina alrededor del adminículo es la vía directa al paraíso», se lee en un pasaje de “Danubio pardo”. O más adelante: «estiró su mano hasta mi vientre, extrajo suavemente al animalito de su morada y cayó de rodillas (…) nunca había conocido uno de éstos —la oí comentar, al tiempo que aflojaba la presión— (…) se refería sin duda a la ausencia de cierto material superfluo, del que fui despojado a temprana edad, como tantos vástagos de Abraham». Impresentable.

En periodismo, varios de los mejores temas aparecen ocultos en el ramaje de noticias aparentemente agotadas o desde sobremesas y conversaciones luminosas. Le pasó a Patricio Jara después de ver Bastardos sin gloria, la película de Tarantino, cuando una compañera de universidad le confesó ser la nieta de la mujer que recibía el correo de Reinhard Heydrich, el jefe de la Gestapo. «Ella me había contado la historia como quien arroja escombros a la calle», escribe Jara en “Reinhard Heydrich va al correo”, aunque sin el tacto para conducir cinco párrafos seguidos entre comillas, por ejemplo, o enfrentar su relato al espejo de la película protagonizada por Brad Pitt y Christoph Waltz.

A la altura de “El viaje de Andreas Eckhart”, el cuarto de los siete cuentos, Carlos Tromben compra los pasajes de un muchacho que quiere pelear una guerra que siente suya. Es la historia de Andreas Eckhart, un nazi valdiviano que viaja a Alemania para enrolarse en las filas del Führer. «Siento que Alemania me corre por las venas», escribe el joven chileno de origen alemán, con el barniz de un humor oscuro y un final más que predecible.

En “Boeing B-29 Superfortress”, Francisco Ortega pega las piezas de un padre encargado de diseñar el bombardero B-29, responsable de lanzar la primera bomba atómica en Japón. Con el modelo de Stephen King como una sombra, el pegamento de la historia es la mirada del hijo, en medio de un Estados Unidos sumido en la paranoia, mientras su propia familia funciona como una línea de montaje en permanente conflicto y campo de batalla. Hay algo forzado que desentona en el cuadro general: partes que se despegan, el color que no secó bien. A ratos, la prosa se enceguece en el pasado misionero del padre, forzando el vínculo de la familia con Chile, en la aparición de un personaje llamado Víctor.

Probablemente “Dibujos de Hiroshima”, de Marcelo Simonetti, sea el cuento desequilibrante del volumen. «Necesito entender cómo fue que esos niños dibujaron el hongo diez años antes», se desespera un estudiante de periodismo, salpicando todo de un misterio tan japonés y el entusiasmo por un descubrimiento inminente: el de los niños que dibujaron el hongo atómico años antes de la tragedia en Hiroshima. Simonetti sabe dosificar el suspenso sin efectismos y con muy pocos elementos. Inspirado —como se lee sobre el final del libro— en las imágenes de Paul Wilmshurst y el trabajo de campo en Hiroshima de John Hersey. 

Daniel Villalobos toma más riesgos que el resto en “Llovió toda la noche”, el último relato que mezcla SS con creencias mapuches y agentes de la Dina. «Los Dinos seguían a mi papá porque era comunista y en ese año, que era 1976, estaban proscritos y los mataban donde los encontraran», dice un hijo que descubre a los muertos que vuelven a la vida en las historias de su madre. Y el relato funciona, aunque su mayor fisura es la relación oblicua y menos evidente con el tema del libro, quizá porque justamente es el más chileno de los siete cuentos, ambientado en un territorio de utilería, desde un país-butaca a doce mil kilómetros de la guerra.

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