Cómo consiguió la Unión Soviética su primera bomba atómica.


La Unión Soviética se convirtió en una potencia nuclear en la madrugada de un día de agosto de 1949 -años antes de lo que altos expertos gubernamentales de Estados Unidos pensaban que sería posible tecnológica e industrialmente-, debido a que Josif Stalin había conseguido aprovechar el talento científico ruso y nazi y la totalidad de los recursos de las fuerzas de seguridad del KGB para lograr poner un rápido, punto final al monopolio atómico norteamericano. Stalin pudo alcanzar este objetivo a pesar de los daños causados por la guerra en la Unión Soviética,de una total falta de uranio en el país (en un principio el mineral de uranio tuvo que ser extraído a mano) y de la purga de los científicos judíos en las instituciones nucleares dos años antes de que se pudiera probar finalmente la nueva arma. El hecho de que Estados Unidos había calculado trágicamente de forma errónea el potencial soviético para diseñar y construir un arma atómica sólo cuatro años después de la aparición de la bomba A norteamericana -fue un cálculo erróneo que afectó profundamente a la política de posguerra estadounidense respecto a Moscú y contribuyó al comienzo de la guerra fría- es, desde luego, una cuestión históricamente demostrada. Lo que ha permanecido oculto al dominio público durante los últimos 35 años, sin embargo, es la completa y extraordinaria historia interna de la forma en que los rusos lo lograron y que se revela aquí por primera vez.

La historia de la bomba atómica soviética, incluyendo igualmente el pronto inicio de las investigaciones rusas sobre la bomba de hidrógeno (hecho que Estados Unidos nunca sospechó), está contenida en un estudio muy técnico, que consta de centenares de páginas, y que ha sido terminado recientemente, después de ocho años de investigación de alcance mundial y altamente reservada por parte de los servicios de espionaje norteamericanos.Este estudio, con datos suminitrados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) (que en 1947 había llegado a la conclusión de que los soviéticos no podrían de ninguna manera construir una bomba atómica antes de 1951 como muy pronto) y por organizaciones científicas de espionaje, no ha sido hecho público por el Gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, sus secciones principales, que constituyen la narración histórica de los acontecimientos, del desarrollo nuclear en la Unión Soviética, han sido minuciosamente estudiadas por el autor de este trabajo. Entre las fuentes consultadas para la realización del estudio figuran científicos soviéticos que participaron en el proyecto de la bomba A, algunos de los cuales viven en el extranjero y otros todavía permanecen en Rusia.

Quizá el error básico de Occidente en esa época fue creer que los soviéticos no poseían un conocimiento significativo de la física nuclear y de sus aplicaciones prácticas, tanto militares como civiles. Ahora sabemos, sin embargo, que los rusos tenían ya, tres centros de investigación nuclear en los primeros años de la década de los treinta -dos en Leningrado y uno en Jarkof- y que los científicos soviéticos mantenían estrechas relaciones con investigadores occidentales.

De hecho, ya en 1939 el Gobierno soviético creó una Comisión del Uranio, avanzadilla del proyecto soviético nuclear. Curiosamente, el presidente Roosevelt no aprobó la creación del Comité del Uranio, avanzadilla del Proyecto Manhattan, hasta 1940. El Gobierno de Estados Unidos desconocía la existencia de la Comisión del Uranio soviética, y el hecho de que ambos grupos secretos eligieran nombres casi idénticos fue pura coincidencia. El Instituto del Radio de Leningrado terminó en 1939 un estudio que demostraba que sólo se necesitaban unos pocos kilogramos de U-235 para una explosión nuclear por medio de una reacción en cadena de neutrones rápidos.

Sin embargo, como señala el estudio de los servicios de inteligencia, en 1939 no existían reservas de uranio ni de depósitos conocidos de mineral susceptibles de explotación industrial.

Así pues, Igor Vasilyevich Kurchatov, Un importante físico soviético que se convirtió en el padre de la bomba atómica soviética (aunque era virtualmente desconocido en Occidente), tomó la sorprendente medida de intentar comprar en 1940 al Gobierno alemán un kilogramo de uranio refinado. Los rusos sabían que la Alemania nazi había investigado profundamente en materia nuclear, y Kurchatov había estado personalmente en contacto con físicos de Alemania y de otros países occidentales. Moscú y Berlín- habían firmado un pacto de no agresión en agosto de 1939, y durante los dos años siguientes -hasta la invasión nazi de la Unión Soviética- los dos países mantuvieron relaciones económicas activas.,No se sabe si Kurchatov tuvo éxito en su intento, pero, como señala el estudio de los servicios de espionaje, “en esa misma época los alemanes impusieron un estricto secreto sobre su investigación nuclear”.

El barbudo Kurchatov, que entonces tenía 36 años (falleció en 1960), y tres de sus colaboradores presentaron de forma simultánea a la Comisión del Uranio un plan para un rápido desarrollo de la industria atómica hasta llegar a la etapa de la explosión nuclear. Una vez más, esto tuvo lugar aproximadamente un año antes de que Estados Unidos decidiera emprender una investigación nuclear seria, financiada por el Gobierno; y entre 1939 y 1940, numerosos miembros destacados de la Academia de Ciencias soviética escribieron a Stalin urgiéndole a que autorizara el “desarrollo inmediato del explosivo de uranio”.

Con el comienzo de la segunda guerra mundial, Laurenti Beria fue nombrado jefe de los servicios de seguridad NKVD (conocidos ahora como KGB), a los que se les dio la responsabilidad de todas las actividades industriales de guerra en la Unión Soviética: Esto incluía de forma específica la investigación nuclear, y Beria nombró a S. Semyonov, un miembro poderoso de la Academia de Ciencias y el principal valedor de Kurchatovcomo su principal consejero científico. Comenzó una gran búsqueda de uranio, y, en palabras del estudio a que nos venimos refiriendo, “se puede decir que éste fue el modesto principio del proyecto atómico ruso”.

Un artículo revelador

Desde luego, es asombroso que el Gobierno norteamericano per maneciera totalmente ignorante del esfuerzo nuclear soviético. Por ejemplo, es evidente que la Embajada -norteamericana en Moscú no se percató de un artículo que apareció en el diario gubernamental Izvestia, bajo el título “Uranio”, el 21 de diciembre de 1940. En el artículo se comentaba el potencial energético del uranio, y se nombraban a numerosos físicos soviéticos -incluyendo a Igor Kurc: – ha tov- que realizaban investigación nuclear. Este artículo por sí solo debería haber alertado a Washington, donde el presidente Roosevelt acababa de poner en marcha el gran esfuerzo norteamericano ha cia la consecución de la bomba atómica en el incipiente Proyecto Manhattan.

En 1942, él general de brigada Leslie R. Groves pasó a dirigir el Proyecto Manhattan, lo que de hecho significó que el Ejército norteamericano se hacía cargo del desarrollo de la bomba atómica. En la ‘Unión Soviética, donde el programa atómico se encontraba en manos de Beria y del NKVD, Stalin fue inmediatamente informado por aquél (quien evidentemente tenía agentes en Estados Unidos) de la existencia del Proyecto Manhattan.Según el estudio de los servicios de espionaje, Stalin entonces “llamó a los expertos más destacados” y les preguntó “sobre la posibilidad de realizar una bomba atómica rusa y sobre si era posible hacerlo rápidamente”.

La investigación soviética práctica había sufrido un considerable retraso debido a la invasión nazi en 1941,’ y los expertos dijeron a Stalin que el avance sólo podría ser lento. De todas formas, Stalin ordenó el inicio de un programa completo para conseguir la bomba atómica, tras presidir una reunión de científicos y funcionarios del NKVD en Volynkoye, cerca de Moscú, en abril de 1942. Beria tomó las medidas necesarias para transferir el equipo de investigación nuclear desde Leningrado asediada por los nazis, y el NKVD creó una infraestructura especial para el proyecto.

Sin embargo, la carencia de uranio continuaba siendo un problema que paralizaba todo intento de crear armamento soviético atómico. Los geólogos que participaban en una prospección de uranio especial llegaron incluso a tener en cuenta leyendas del folklore de Asia Central como posibles indicios de la presencia de mineral de uranio. Verificaron, por ejemplo los hábitos de bebida de los camellos, animales de los que se decía que buscaban pozos de agua de la vida, que podrían ser radiactivos. A mediados de la década de lo

cuarenta, los geólogos encontraron por fin depósitos de uranio en las regiones de los Urales, Altay y el Turquestán, en el Asia central soviética. Éste fue probablemente el mayor avance soviético de todo el programa nuclear, pero Estados Unidos lo ignoró hasta mucho después de la primera explosión soviética de prueba, realizada en 1949. De hecho, la política de posguerra de Estados Unidos se basaba en el supuesto de que los rusos no tenían uranio y, por tanto, no podían producir armas atómicas durante una década o más.

Según el estudio de los servicios de espionaje, el paso siguiente dado por el NKVD fue organizar la extracción del mineral y la construcción de fábricas de concentrado de uranio. Los obreros procedían de los campos de prisioneros asiáticos. Sin esta mano de obra esclava, los soviéticos probablemente no hubieran conseguido su objetivo atómico para 1949. Ocho instalaciones de procesado fueron construidas en el área de Novosibirsk.

Condiciones primitivas

Las condiciones en las minas de uranio eran tan primitivas que el estudio señala que el mineral se extraía “con instrumentos y palas de madera”. Los científicos soviéticos se refirieron más tarde a este período como “neanderthalismo”. Sin embargo, se aplicaron métodos más modernos en la producción de uranio metálico, el siguiente paso industrial, y se construyó un centro atómico especial en la región de Chelyabirisk-Zlatoust. El estudio lo describe como un “gigantesco conglomerado de minas, plantas de producción, instalaciones de prueba, pistas de aterrizaje, ciudades y depósitos, que se extendían a través de centenares de kilómetros cuadrados y eran mantenidos bajo una especial vigilancia de tiempo de guerra”.

Cuando los alemanes comenzaron su retirada, el cuartel general del proyecto nuclear se estableció en Moscú, y el. principal centro de investigación de Igor Kurchatov recibió el nombre en clave de Laboratorio número 2. Fue en este momento cuando los científicos soviéticos decidieron construir una bomba atómica que tuviera plutonio en vez de uranio como principal elemento de fisión. La carencia de uranio fue la razón principal para emprender el camino del plutonio. Los científicos soviéticos sabían que podían obtener plutonio adecuado para armas del reprocesamiento de cantidades relativamente pequeñas del uranio utilizado en un reactor. En 1944 se activó el primer ciclotrón soviético para la producción de plutonio para pruebas de laboratorio, y Kurcha7tov tuvo la idea de utilizar grafito para hacer más lenta la reacción atómica.

A finales de 1944, el hermano de Kurchatov, el químico Boris, produjo la primera remesa de plutonio. A principios de 1945, al mismo tiempo que el primer ingenio atómico estadounidense se encontraba a punto para las pruebas finales en Nuevo México, Kurchatov terminó sus experimentos en laboratorio y comenzó a construir un reactor de uranio diseñado para producir materiales de fisión adecuados para la fabricación de armas. Las tropas soviéticas ya habían entrado en Checoslovaquia y en Alemania Orienta], y el envío por barco de mineral de uranio a la Unión Soviética desde las minas checas de Pribram y Jachrnov, y desde las de Alemania Oriental, en Sajonia, se convirtió en la prioridad más importante.

Científicos alemanes

Pero Estados Unidos todavía no tenía ni idea de que también los soviéticos se encontraban muy avanzados en la carrera por obtener la bomba atómica. Otro recurso alemán en manos soviéticas lo constituían los científicos nazis. Los generales Nikiforov y Saburov, del NKVD, encabezaron grupos especiales con órdenes de identificar a los científicos alemanes y capturar el material científico. Entre sus importantes capturas figuró la de Manfred von Ardenne, que había dirigido el proyecto nuclear de las SS y trabajaría en la separación electromagnética del uranio; Gustav Hertz, que desarrolló la tecnología de la difusión gaseosa, su discípulo Hans Barwich y los físicos Friedrich Walter y Max Vollmer.

No hay duda alguna de que los científicos alemanes ocuparon un papel clave en el desarrollo de la bomba atómica soviética, con la unión de sus conocimientos con los de sus colegas soviéticos. El espionaje norteamericano siempre había subestimado la gran calidad de los físicos soviéticos, de la misma forma que subestimó el potencial industrial de los rusos.

El ingenio atómico de Estados Unidos fue probado con éxito el 16 de julio de 1945, el mismo día en que el presidente Truman llegó a Potsdam para la primera conferencia posterior a la victoria con Stalin y Winston Churchill. El 24 de julio, Truman, de forma despreocupada, aunque deliberada, le dijo a Stalin que Estados ‘ Unidos había desarrollado “una nueva arma, de una fuerza destructiva inusual”. No mencionó que se trataba de la bomba atómica, y Stalin únicamente respondió con el deseo de que Truman utilizara el arma contra Japón. Ese mismo día, Truman había autorizado los ataques atómicos contra Hiroshima, el 6 de agosto, y Nagasaki, el 9 del mismo mes.

La delegación norteamericana sufrió una gran desilusión por el hecho de que Stalin no hubiera mostrado un mayor interés por la revelación de Truman, pero ahora se sabe que los soviéticos conocían el Proyecto Manhattan desde 1942. El estudio de los servicios de espionaje dice que los agentes soviéticos habían informado a Stalin de la prueba de Nuevo México antes de que lo hiciera Truman. De todas formas, está claro que Stalin no se sorprendió y obviamente no le iba a contar a Truman los avances soviéticos.
Sin embargo, existen pruebas citadas en el estudio a que nos venimos refiriendo, así como en las memorias de líderes soviéticos, de que a Stalin le afectó profundamente la utilización de bombas atómicas en Japón; toda la ecuación política de la posguerra cambiaba ante sus ojos.

Stalin comprendió inmediatamente que la política estadounidense se basaría a partir de ese momento en el monopolio atómico. El as que guardaba en la manga era el avance alcanzado por el programa nuclear soviético, confiando en que los norteamericanos lo desconocían. En una reunión celebrada en Sochi, localidad turística del mar Negro, con los líderes soviéticos y expertos nucleares más destacados, poco después de la reunión de Potsdam, Stalin quiso saber si se podía poner fin al monopolio norteamericano en un plazo de dos años. Cuando le dijeron que esto era imposible, Stalin decidió, no obstante, embarcarse en un programa de rápido desarrollo. El final de la guerra había dejado libres recursos económicos suficientes, y en los gulags se encontraban disponibles centenares de miles de trabajadores esclavos para la minería y el procesamiento del uranio.

A finales de 1945, Stalin bautizó el proyecto nuclear soviético con el nombre de Borodino, en recuerdo del escenario de la gran batalla de 1812 entre Napoleón y los rusos. Beria, del NKVD, fue confirmado como jefe supremo de Borodino; el ministro de Asuntos Exteriores, Vyacheslav Molotov, fue nombrado jefe político del mismo y Georgi Malenkov (que más tarde sucedió a Stalin durante un breve período de tiempo) fue encargado del personal. Boris Lvovich Fogt, conocido en el NKVD como Vannikov, se convirtió en el director técnico y Kurchatov siguió siendo el director científico.

Monopolio atómico

En 1946, Borodino funcionaba como un superministerio, con el apoyo de la totalidad de la estructura industrial y militar soviética. Estaba dividido en un primer directorio, encargado de la producción de la bomba atómica, y un segundo directorio, encargado de los sistemas de suministros. Este último estaba dirigido por Dimitri Ustinov (en la actualidad ministro soviético de la Defensa).

Mientras tanto, Estados Unidos continuó haciéndose ilusiones de detentar un monopolio atómico de duración indefinida. Sus servicios de espionaje científico eran abominables, y el general Groves, jefe del Proyecto Manhattan, predijo en octubre de 1945 que a los rusos les costaría de 10 a 20 años la construcción de una bomba mediante un “esfuerzo normal”. La política básica de Groves consistía en reservar a Estados Unidos el acceso a todo el uranio mundial, y estaba convencido de que el Kremlin nunca resolvería su carencia de uranio. En consecuencia, la política de Estados Unidos fue la de rechazar la cooperación nuclear con los soviéticos en las Naciones Unidas.

Las operaciones estadounidenses de espionaje en la Unión Soviética para determinar la disponibilidad de uranio evidentementemente fracasaron, ya que el general Groves continuó insistiendo en que los rusos no tenían uranio. Como varios historiadores han de mostrado, el malentendido básico respecto a la capacidad soviética se basaba en la idea de que existía un único secreto atómico, y que éste podía ocultarse a los rusos -a pesar de todos los espías que tuvieran-. Pero está claro que la verdad tenía que ver con el potencial tecnológico e industrial soviético y no con secretos.
En diciembre de 1946, según sabemos ahora, Stalin puso en marcha un programa industrial especial para apoyar el esfuerzo nuclear. Recibió el nombre de Plan Baruch, en sarcástica referencia al abortado plan de control nuclear presentado en las Naciones Unidas por el delegado norteamericano Bernard Baruch. Entre el 14 y el 18 de octubre de 1946 se realizaron con éxito pruebas de misiles balísticos en Kazakistán: de esta forma la Unión Soviética adquirió los medios militares necesarios para lanzar bombas atómicas mediante cohetes además de aviones.

El 25 de diciembre de 1946, Igor Kurchatov logró la reacción en cadena controlada en su reactor atómico, y cuando se realizaron las pruebas de misiles no existía duda alguna de la viabilidad de la bomba soviética. Simplemente, se retrasó más de lo que Stalin hubiera deseado.
Para acelerar la producción, el NKVD, que pronto se llamaría MVD, inició operaciones masivas de espionaje industrial en Estados Unidos y Canadá, no en busca de un secreto mítico, sino de instrumentos tecnológicos. Los espías trataron también de comprar equipos industriales. Un equipo especial de espionaje recibió el nombre en clave de Partida geológica.
Para conseguir más mineral de uranio dentro del país se establecieron en 1947 unos grandes complejos mineros cuyo número se calcula en 32, que utilizaban como mano de obra los prisioneros de los gulags, y estaban situados en su mayoría en las repúblicas asiáticas. Después de 1946 se construyeron cinco grandes complejos industriales, entre ellos la planta Podolsky, cerca de Moscú. El estudio que venimos citando sugiere que era una “copia exacta” de la planta de separación de uranio K-25, de Oak Ridge, Tennessee -la tecnología pudo ser robada- Al principio de 1947 se empezó a trabajar en tres reactores industriales para el reprocesamiento de isótopos de uranio para obtener plutonio adecuado para armamento. En 1948 entraron en servicio tres reactores más. Ahora los soviéticos poseían la base industrial para la bomba nuclear.

Debido presumiblemente a que la bomba no estaba lista en 1947, Stalin inició una purga súbita entre sus científicos nucleares. Estaba dirigida especialmente contra los judíos, e, inevitablemente, retrasó todo el proyecto, pero Stalin estaba ya paranoico.

El despiste de la CIA

Durante el verano de 1948 -en curiosa coincidencia con el bloqueo soviético de Berlín-, los científicos soviéticos pudieron empezar a separar plutonio para las bombas. En la primavera de 1949 disponían de suficiente plutonio para construir la primera bomba. Igor Kurchatov supervisó todos los pasos.
Los rusos eligieron el nombre de Tykwa (calabaza, en ruso) para su primer ingenio atómico. Fue diseñado de hecho por un equipo de, cuatro destacados ingenieros militares, uno de ellos un general de división. Se montaron dos bombas preparadas para una explosión de prueba que inicialmente estaba programada para junio de 1949. La prueba se realizaría en el campo de pruebas Moskva, cerca del pueblo de Karaul, en la región de Kazakistán, en el Asia central. El centro de control estaba en Ust-Kamenogorsk.

Estados Unidos, sin embargo, no sospechaba nada. A finales de 1947, en un informe de la CIA se estimaba que era “dudoso que los rusos puedan producir una bomba antes de 1953, y es casi seguro que no pueden producir ninguna antes de l95l”. Pero la CIA se negó a dar una ‘Techa probable”, si bien este hecho no tuvo efecto alguno sobre los planificadores militares, que todavía pensaban en términos de monopolio. El general Groves continuó insistiendo públicamente en que la bomba soviética se encontraba a 15 o 20 años vista, y su opinión tenía mucho peso en la Casa Blanca. El Ejército de Estados Unidos creía que el monopolio duraría 10 años más y que la escasez de uranio limitaría posteriormente la producción.
A mediados de 1949, sólo semanas antes de la prueba soviética, la Administración Truman no sabía seguro si los rusos construirían la bomba ni cuándo. El secretario de Estado, Dean Acheson, pensaba que Moscú tendría la bomba en 1950 o 1951, pero la planificación de la, cúpula militar siguió sin tener en cuenta la posibilidad de una bomba atómica soviética.

Ésta se convirtió en realidad a las cuatro de la mañana del 29 de agosto de 1949, cuando, en presencia del jefe del KGB, Beria, y del director científico, Igor Kurchatov, la Calabaza fue hecha estallar. La prueba recibió en clave el nombre de Pervaya Molniya, el primer rayo. Estos detalles nunca han sido hechos públicos hasta ahora, ni en Occidente ni en la Unión Soviética.
Pero hasta el 9 de septiembre – 10 días después- Estados Unidos no tuvo constancia de que los soviéticos habían probado efectivamente la bomba atómica. El servicio de vigilancia de la Comisión de Energía Atómica informó ese día que podía haber tenido lugar, una prueba atmosférica. El 14 de septiembre, muestras de lluvia procedentes de nubes contaminadas confirmaron la explosión de una bomba. Increíblemente, Truman, el secretario de Defensa, Louis Johnson, y el general Groves se negaron en principio a creer que había ocurrido. Pensaron que había sido un accidente en un laboratorio nuclear.

El 23 de septiembre, Truman anunció públicamente que había habido una explosión atómica en la Unión Soviética, pero no se refirió para nada a una bomba. Dos días después, los soviéticos anunciaron oficialmente que tenían la bomba. El retraso en el anuncio se debió, muy posiblemente, al deseo de añadir el insulto al daño, para que los norteamericanos sufrieran durante semanas pensando qué habría pasado realmente en Asia central.
La próxima semana se cumple el 352 aniversario de la bomba atómica soviética. Desde aquella madrugada de agosto de 1949, la carrera de armamento nuclear entre soviéticos y norteamericanos no se ha moderado y puede no hacerlo nunca. Pero la historia de la bomba atómica soviética, una historia nunca contada antes de forma completa, constituye un recordatorio útil de que no existe una cosa tal como la superioridad nuclear permanente.

Fuente: Los Angeles Times.

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