La guerra submarina alemana, y el fracaso del Plan Schlieffen.


Muy poco después de iniciarse el conflicto, cuando fue innegable que el Plan Schlieffen había fracasado, Alemania se encontró con un grave problema estratégico derivado de la ausencia de un plan B. Podía intentar vencer en Oriente para luego concentrar todo el esfuerzo en Occidente, pero la inmensidad de Rusia impedía derrotarla por completo y tan sólo podía aspirarse en el mejor de los casos a desplazar el frente unas millas al este y eliminar la amenaza estratégica que constituía el saliente polaco. El objetivo se consiguió, pero no fue suficiente para ganar la guerra. Podía intentar que el esfuerzo ofensivo se concentrara en un punto del frente occidental con el fin de obligar a Francia a pedir una paz separada y esperar que Gran Bretaña no quisiera continuar sola. Es lo que se intentó en Verdún y fracasó. También podía recurrir a la armada alemana, en cuya construcción se habían gastado sumas ingentes de dinero, pero en Jutlandia se demostró que todavía era inferior a la de sus enemigos. ¿Qué quedaba por intentar?

A finales de 1916, con los frentes estancados, sin perspectivas de victoria, el tiempo corría a favor de los aliados y en contra de las potencias centrales. El control de los mares permitía a ingleses y franceses resistir indefinidamente mientras las potencias centrales agotaban los recursos del territorio que controlaban. Entonces, el jefe del Estado Mayor naval alemán, el almirante Henning von Holtzendorf, redactó un importante memorándum en el que partía de la convicción de que la victoria total sólo se alcanzaría derrotando a Gran Bretaña. Dado que se trataba de unas islas que controlaban el mar, la única forma de doblegar su voluntad era impedir la llegada de los suministros necesarios para alimentar a su población y a su industria. El arma capaz de lograr ese objetivo era el submarino. Holtzendorf sostenía que, si lograban alcanzar la media de 600.000 toneladas de mercantes hundidos al mes, Gran Bretaña pediría la paz en el plazo de cinco meses. Los cálculos se demostraron correctos, puesto que, cuando los alemanes se acercaron a esa media, el Reino Unido se vio abocado al colapso. El objetivo era sin embargo extraordinariamente ambicioso. Baste pensar que la media de los años anteriores era de apenas 130.000 toneladas, aunque durante 1916 Alemania había logrado acercarse a las 200.000.

El memorándum fue recibido con entusiasmo por el Estado Mayor alemán. Es curioso que fuera así porque Hindenburg y Lüdendorff, que habían sucedido a Falkenhayn como consecuencia de su fracaso en Verdún, eran generales de tierra que, tras el fracaso del Plan Schlieffen, se habían mostrado partidarios de tratar de ganar la guerra en el este y habían criticado agriamente a Falkenhayn por creer que la victoria sólo se alcanzaría venciendo en el oeste. Ahora, al respaldar la solución ideada por la armada, reconocían implícitamente que eran incapaces de vencer en tierra.

Desde las primeras semanas de conflicto, el submarino se reveló como un arma interesante para los objetivos alemanes. A ella se recurrió como respuesta al bloqueo naval decretado por los ingleses. A tal efecto, Alemania declaró zona bélica las aguas que rodean las islas y declaró la guerra submarina sin restricciones en ellas. Ésta era una violación flagrante de las leyes del mar. Hasta entonces, en la guerra económica marítima se consideró legítimo abordar a los mercantes que pudieran estar acercándose a las costas del enemigo, tuvieran o no intención real de romper el bloqueo, y obligarlos a darse la vuelta incautándose incluso de su carga. Sin embargo, los submarinos no podían hacer esto. Avistado un mercante de bandera enemiga o sospechoso de estar acercándose a puerto enemigo, el submarino que pretendiera atenerse a las leyes del mar tendría que emerger y exponerse al ataque de cualquier buque enemigo que patrullara la zona. Lo único que podía hacer si quería ser eficaz era hundirlo sin aviso previo y sin preocuparse de cuántos pudieran perecer a consecuencia de ello. Este modo de combatir fue considerado ilegal y ayudó a desprestigiar moralmente la causa de las potencias centrales. Pero no fue esto lo que preocupó a las autoridades alemanas. Lo que les inquietó fue la posibilidad de que su empleo, en cuanto implicara la muerte de norteamericanos, empujara a los Estados Unidos a entrar en guerra. A punto estuvieron de hacerlo tras el hundimiento el 15 de mayo de 1915 del Lusitania frente a las costas occidentales irlandesas. En él perecieron 1.198 personas, de las que 128 eran de nacionalidad estadounidense.

A raíz de ese incidente y otros parecidos, el canciller alemán, Bethmann Hollweg, ordenó a los capitanes de submarinos que obraran con más cautela y procuraran no atacar barcos de bandera norteamericana. Por eso, cuando, a fines de 1916, circuló el memorándum de Holtzendorff, el canciller se opuso a generalizar esa estrategia, consciente de que acabaría provocando que los Estados Unidos abandonaran su neutralidad. Sin embargo, su oposición no bastó. Alemania decretó la guerra submarina sin restricciones en todo el Atlántico después de haber impulsado una frenética construcción de nuevos submarinos con los que alcanzar la cantidad de hundimientos que el Estado Mayor naval había calculado serían necesarios para derrotar a Gran Bretaña. El 1º de febrero de 1917 se inició la campaña. El hundimiento de los primeros cargueros americanos ocurrió en marzo y puso en marcha una cadena de acontecimientos que finalizó con la declaración de guerra a Alemania el 6 de abril. Con todo, el hecho tardaría en hacerse sentir en el frente europeo, de forma que los alemanes disponían de algo de tiempo antes de que hubiera un número significativamente numeroso de soldados provenientes del otro lado del Atlántico frente a las trincheras alemanas.

Durante los meses siguientes, los alemanes estuvieron rondando su objetivo de hundimientos. Sus mejores meses fueron abril, en que hundieron 881.000 toneladas, y junio, en que llevaron al fondo del mar 687.000. El resto de los meses estuvieron cerca de las 600.000 sin alcanzarlas, descendiendo drásticamente a partir de septiembre, cuando los hundimientos se situaron alrededor de las 300.000 toneladas. ¿Qué ocurrió para que se produjera este descenso tan drástico? Sucedió que el Almirantazgo inglés pasó de una estrategia de dispersión de barcos a otra de acumularlos en convoyes protegidos. La resistencia al cambio de estrategia durante la primavera y el verano se debió a que, con cierta lógica, los almirantes ingleses creyeron que los convoyes no servirían más que para facilitar el trabajo a los alemanes, que podrían, al localizar uno, hundir a todos los barcos que lo integraran. Sin embargo, cuando al fin se atrevieron a cambiar las órdenes, la fórmula se demostró eficaz. Por un lado, el sistema de convoyes permitió dotarles en algunos casos de cierta protección con algunos buques de guerra como escolta. Por otro, al dar con un convoy, el submarino estaba obligado a revelar su presencia a partir del primer hundimiento, lo que a su vez consentía que el resto de los mercantes huyera mientras la escolta, si la había, se ocupaba de perseguir al submarino avistado.

Fracasada la estrategia de la guerra submarina sin restricciones, pareció que Alemania se quedaba sin recursos para ganar la guerra y tan sólo le quedaba esperar a que los americanos llegaran a Europa y la obligaran a pedir el armisticio. Sin embargo, antes de eso, hubo una última ocasión de vencer cuando Rusia, derrocado el zar y presa de los bolcheviques, pidió la paz por separado, violando su compromiso con los aliados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s