La cruel muerte de Blondi, la perra de Adolf Hitler.


Berlín, 30 de abril de 1945. Lo que antes era una moderna y bella ciudad no es ahora mucho más que un gigantesco montón de escombros por culpa de los aviones y cañones aliados que, continuamente, vomitan obuses de 128 milímetros sobre sus edificios. Por lo incesante de los bombazos parece que los soviéticos quisieran que uno de sus disparos cayera sobre la cabeza del mismísimo Adolf Hitler. Pero este se halla a buen recaudo dentro del Búnker de la Cancillería ultimando todos los preparativos para suicidarse. No quiere que los rusos le capturen con vida, ni a él ni a sus seres queridos.

Dentro del robusto edificio de hormigón se respira tensión. Son las últimas horas de un imperio. Repentinamente, de una esquina oscura aparece uno de los doctores de Hitler, esvástica en la chaqueta. Lleva consigo varias pastillas de cianuro que el «Führer» pretende usar para acabar con su existencia y la de su mujer, Eva Braun. Alarga la mano y le da una para realizar la prueba que, horas antes, ha solicitado. El líder nazi la coge y se prepara. A una orden suya, su guardia personal abre la boca de Blondi, su querida hembra de pastor alemán. Es uno de los pocos seres a los que de verdad quiere y no consentirá que sea vejada por los soviéticos. Además, su sacrificio servirá para verificar que las cápsulas no han sido modificadas con algún veneno temporal que hiciera que le capturaran.

La perra pelea, no quiere tragar. Pero su lucha acaba pronto, cuando su aliento se apaga después de que el veneno llegue a su torrente sanguíneo. Está muerta. Hitler alza la mano para que un miembro de las SS se lleve su cadáver a la calle. También ordena al soldado coger a los cuatro cachorros recién nacidos de Blondi. Escalón tras escalón, el sujeto sube hasta dar con la puerta que le hará llegar al exterior. Cuando la abre los perritos reaccionan jubilosamente, pero la alegría les dura escasos minutos. Justo el tiempo que tarda el militar en dejarlos en el suelo, sacar su pistola Luger y dispararles un tiro a cada uno.

El encuentro
La Historia está llena de grandes líderes que han compartido su vida con todo tipo de animales. De hecho, desde que el emperador romano Calígula nombró cónsul a su jamelgo (algo totalmente cierto aunque increíble) han sido muchos los grandes hombres y mujeres que han aparecido acompañados en público de alguna que otra mascota. Sin embargo, muy pocos han podido superar la repercusión histórica que tuvieron Adolf Hitler y Blondi, la hembra de pastor alemán que cambió la vida del líder nazi. Tal era el amor que el «Führer» sentía por este animal, que aquellos que le conocían afirmaron posteriormente que quería más a esta perra que a la propia Eva Braun.

Para hallar el momento en que las vidas de Blondi y Hitler se unieron es necesario retroceder en el tiempo hasta 1941. Ese fue el año en que Martin Bormann (hombre de confianza del «Führer» por su capacidad para la contabilidad y, por entonces, director también del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán) le regaló al líder nazi algo que éste jamás olvidaría. El presente era un perro, una hembra de pastor alemán que cautivó su corazón desde aquel instante. Sin dudarlo, el dictador bautizó al animal como Blondi («Rubita», en una traducción aproximada).

Bormann acertó de lleno, pues el Führer había demostrado ya en varias ocasiones su debilidad por esta característica raza de canes. «El pastor de alemán es un perro dócil, obediente y de carácter firme. Es además atlético, versátil, resistente y enérgico. […] El perro de pastor alemán es un corredor de larga distancia que siempre estará dispuesto a cualquier reto deportivo […] Fue criado en 1899 tomando como base los perros pastores existentes por entonces en la Alemania central y meridional con el objetivo principal de conseguir un perro de trabajo con muy altas prestaciones», explica la asociación «Real Club del Perro de Pastor Alemán» en su extenso dossier informativo sobre estos animales.

Desde el momento en el que el «Führer» puso los ojos sobre su nuevo pastor alemán, sintió un gran amor hacia él. Y eso, curiosamente, era algo inusual entre Hitler y sus mascotas. «Sus gustos por los animales eran un tanto especiales, pues hallaba estúpidos a los caballos, antipáticos a los perros bulldog y bóxer, y evitaba acercarse a las tortugas, los pollos y los gamos. Odiaba a los gatos y, por lo general, la pequeñez de los canes que había tenido se contradecía con la grandeza de sus gustos. Luego sintió verdadera pasión por los perros pastores desde que, en 1921, le regalaron uno», explica el escritor Nerin E. Gun en su obra «Hitler y Eva. Un amor maldito».

Hitler y Blondi, la vida fuera del Búnker
Como muestran múltiples documentos gráficos de la época, Hitler disfrutó de una vida bastante plácida durante los siguientes años de la guerra junto a Blondi. Y es que, a pesar de estar dándose de mandobles contra la Unión Soviética en la denominada «Operación Barbarroja» y de que sus tropas del «Afrika Korps» andaban a fusilazo limpio contra los británicos en las tierras de los tuaregs, el «Führer» siempre hallaba un rato libre para tomarse un té junto a sus personas más allegadas en su residencia de Berghof o jugar con su perrita. Ubicada en los Alpes Bávaros y situada encima de un precioso risco, esta vivienda hacía las delicias de él y de su querida Eva Braun, a quien había conocido una tarde de 1929.

Aquellos días Hitler solía disfrutar junto a su amada de copiosos desayunos. Entre los manjares de los que daban buena cuenta destacaban pan, té, cacao, café, zumo de naranja, caros bizcochos y mantequilla (un alimento muy preciado por su escasez durante la contienda). A día de hoy puede no parecer mucho, pero por entonces era todo un banquete destinado sólo a los más altos cargos del nazismo. Lo mismo sucedía en las comidas, donde aquellos dispuestos a soportar las continuas críticas del tirano (vegetarianos y deseoso de que todo el mundo lo fuera) podían disfrutar de unas de las mejores carnes que podían encontrarse en la zona. En ninguno de estos acontecimientos podía participar Blondi.

Hitler descansa en una de las salas de Berghof
ARCHIVO
Entre sus manías, Hitler era absolutamente puntilloso durante las comidas. De hecho, solía cargar contra todo aquel miembro del servicio que no hubiera colocado bien una servilleta o que hubiera ubicado un cubierto fuera de lugar. A su vez, estaba totalmente obsesionado con que la comida se preparara exactamente como él quería, algo que dio más de un problema a sus distinguidos invitados. «Hitler exigía que se sirviese la sopa muy caliente, al extremo que, una vez, la princesa heredera de Italia, María José, se quemó la lengua al tomar una cucharada. También quería el “Führer” que los invitados terminasen sus platos, y los criados no podían retirarlos hasta que estaban completamente vacíos», completa Gun en su obra.

Pero todo aquel carácter, todo ese odio que rezumaba en ocasiones el «Führer», se esfumaba cuando pasaba el tiempo junto a sus dos seres más queridos: Eva y Blondi. El líder nazi, de hecho, era la muestra viva de que se podía querer más a un animal que a una persona, pues aquellos que le conocían decían que sentía auténtica debilidad por su perra. Con ella pasaba largos ratos en los que paseaban o jugaban en una pista de obstáculos creada especialmente para ella. Esta situación no debía gustar demasiado a su querida «Effie» (apodo con el que Hitler denominaba a su esposa), algo que la llevó –no se sabe si por intentar darle celos o no- a adquirir también dos perros.

Hitler solía suplicar a Eva que le dejara pasar un rato junto a Blondi
«Por las mañanas, cuando la servidumbre se desperezaba, oíanse una serie de gruñidos. Eran “Negus” y “Stasi”, los dos perros negros de Eva. […] Lo cierto es que los terriers escoceses de Eva tenían un aspecto ridículo. Hitler prohibió la distribución de fotografías en las que apareciera con los dos canes, que eran además feroces y no podían soportar la presencia de Blondi. Por ello, no se permitía al perro [de Hitler] entrar en el salón cuando ellos estaban y debía permanecer en el dormitorio de Hitler o en la perrera», añade el experto.
Sin embargo, no eran pocas las ocasiones en las que el «Führer» -ese hombre que firmaba día tras día tácitamente la sentencia de muerte de miles de judíos- intentaba que Effie dejara pasar a la perra junto a ellos. «A veces, cuando por la noche el ambiente era particularmente placentero y Hitler había conseguido ablandar a Eva con el regalo de una joya o la promesa de otro viaje a Italia, le decía “Effie, ¿permites que el pobre Blondi venga con nosotros media hora?”. Eva, complaciente, le sonreía y hacía un gesto al ayuda de cámara, el cual cogía por las correas a los terribles “Stasi” y “Negus” e iba a encerrarlos en la habitación de su ama, volviendo luego con Blondi, que al fin podía tumbarse a los pies de su amo», completa Gun.

Hitler, un casamentero de perros
Curiosamente, y a pesar de que el matrimonio no se encontraba entre las prioridades de Hitler para sí mismo, el nazi solía pasar buenos ratos en su residencia alpina tratando de emparejar a aquellos que se encontraban cerca de él. Una de sus «víctimas» favoritas era Greti, la hermana menor de Eva Braun, a la que intentó casar con varios de sus oficiales de mayor confianza.

Por ello, a ninguno de sus allegados le resultó raro que el Führer buscara durante los años de la guerra, y de forma desesperada, una perro que hiciera feliz a su querida Blondi. De esta forma, pretendía además conseguir unos cachorritos que le alegrasen la vida. Y es que, aunque no lo pareciera, aquellos que conocían bien a Hitler siempre afirmaron que el dictador buscaba la compañía de los niños, al lado de los cuales se sentía feliz.

«Durante muchas veladas, el único tema de conversación del Berghof fue el casamiento de Blondi. Hitler, que como ya es sabido trataba de casar a todo el mundo, no hacía una excepción con sus canes. Por fin invitó a Gerdi Troost a que acudiera un fin de semana al Berghof en compañía de su perro pastor macho. Por desgracia Blondi se mostró esquiva con su galán. Por su parte, la perra de Hitler prefería dejarse hacer la corte por un zorro que había encontrado en el campo. La señora Troost tuvo que marcharse con su perro pastor, y Hitler deploró el incidente. Volvió a sentir alguna esperanza cuando le contaron que Blondi tenía relaciones con un perro pastor que vagaba por el lugar. La perra comenzó a engordar, pero finalmente no se quedó embarazada», destaca el investigador en su obra.

La vida en el Búnker
Como cabía esperar, la relación entre Adolf Hitler y su pequeña Blondi no cambió cuando los aliados comenzaron a ganar terreno a las tropas de la esvástica y llegaron hasta las puertas de Berlín. De hecho, nada se modificó salvo una cosa: en lugar de pasar sus ratos muertos junto a la perrita en las cercanías de Berghof, el «Führer» lo hacía en el interior del Búnker de la Cancillería, edificio en el que tuvo que refugiarse para evitar ser partido por la mitad por un obús. El lugar, a día de hoy, es uno de los más famosos de la conocida como «Batalla de Berlín».

Aunque estaban escondidos en este ataúd de hormigón por miedo a los bombazos soviéticos, el «Führer» solía disfrutar (cuando sus enemigos le daban tregua) de breves paseos junto a su perrita en las cercanías del gran edificio. Para él, todo era calma. Mientras, los restos de su ejército luchaban calle a calle para tratar de retrasar la entrada de los carros de combate enemigos en la capital del Reich.

A pesar de todo, la llegada al Búnker no detuvo los arrebatos matrimoniales de Hitler, que consiguió que Blondi se quedara embarazada, al fin, del perro de un alto oficial presente en el Búnker. Tras semanas y semanas, el «Führer» tendría su premio: varios perritos con los que juguetear antes de que los aliados arrasaran la ciudad cuchillo en mano.

Apenas un mes después, la «Rubita» parió una camada de pequeños pastores alemanes. «Blondi, la perra, dio por fin a luz […] cuatro cachorros. […] Hitler llamó Wolfie al más hermoso de los animalitos, y prometió los demás a sus amigos, incluyendo uno para Greti, su futura cuñada. La madre y los perritos estaban echados en una caja que fue colocada primeramente en los servicios, pero que luego Hitler hizo situar en un rincón de su dormitorio. Después, el “Führer” tenía casi todo el tiempo un cachorro sobre las rodillas, al que acariciaba interminablemente, como para disimular de este modo el temblor de sus manos», completa Gun.

En los días posteriores, de vez en cuando, tanto Eva como el propio Hitler decidieron sortear las bombas y subir a la superficie para que los cachorritos pudieran disfrutar de la luz del día. Una vez en el exterior, Blondi pudo divertirse junto a sus pequeños en las cercanías del Ministerio de Asuntos Exteriores. Por su parte, los recién nacidos disfrutaron correteando entre los agujeros de las bombas. El 24 de abril la felicidad se terminó, pues la artillería rusa hizo que esta «familia feliz» se asustara y regresara a la seguridad que les ofrecía el tosco edificio.

La muerte de Blondi
El 29 de abril, el jolgorio ya había desaparecido y se había transformado en absoluta desesperación. Los rusos se hallaban a las puertas del mismísimo escondrijo del «Führer» y no quedaban suficientes tropas para obligar a sus blindados T-34 a retirarse. La infantería soviética, por su parte, avanzaba como una masa uniforme entre las calles de la ciudad -agujereada hasta la saciedad por culpa de las bombas- haciendo valer su superioridad numérica, sus fusiles Mosin Nagant y sus ametralladoras PPSH-41.

Mientras los soviéticos paladeaban la victoria, la situación era bien diferente en el Búnker de Hitler, lugar en el que el nazi ya había tomado la decisión de suicidarse junto a su mujer para evitar ser capturados por los rusos. Con todas las vejaciones cometidas por sus soldados en el frente soviético sabían que era mejor fallecer, pues las torturas sobre ellos serían insoportables si les capturaban. Su idea era acabar con su vida mediante una pastilla de cianuro, sin embargo, en aquellos momentos el líder ya no se fiaba de sus médicos y sospechaba que éstos podrían haber cambiado las cápsulas para provocarle un coma temporal. Eso sería peor que la muerte, pues le haría caer vivo en las manos de sus enemigos.

«Hitler se sentía acometido por las dudas. El veneno había sido proporcionado por Himmler, un traidor. Hitler hizo entonces que viniera el cirujano del Búnker, el cual propuso ensayar una de sus ampollas en la perrita Blondi. Hitler consintió, pero luego le acometió otra duda. El cirujano pertenecía a las SS. ¿Y si por orden de Himmler había sustituido las ampollas? Se mandó llamar a otro médico, el profesor Hasse, que introdujo el líquido en la boca de la perra alsaciana. Así murió Blondi, a la que Hitler quería más que a nada», completa el escritor en su obra.

Una vez fallecida su madre, Hitler dio orden a uno de sus guardias de que cogiera a los cachorritos y acabara con sus vidas. Con un disparo certero a cada uno se puso fin a esta nueva tarea. Un día después, el «Führer» terminó con su existencia junto a Eva Braun. Lo que pasó posteriormente con sus cuerpos (tanto los de los perros como los de sus dueños) es todavía un misterio, aunque la teoría más extendida afirma que fueron incinerados con gasolina. «Después de quemar los cuerpos enterraron los restos en un cráter abierto por una bomba. […] Otros hablan de una fosa común, asegurando que los SS mezclaron las cenizas de Eva y de Hitler con las de Blondi y Wolfi, que también habían sido quemados», finaliza Gun.

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