Noviembre de 1939. Estado Unidos, neutral pero pro-aliado; y España, no beligerante, pero pro-eje.


A principios de noviembre de 1939, concluía la modificación de la Neutral Act –Acta o Ley de Neutralidad–, el conjunto de normas por las cuales los Estados Unidos regulaban sus relaciones, básicamente las comerciales, con los países participantes en cualquier conflicto bélico internacional, así como los productos y mercancías que podían ser objeto de comercio y venta con las naciones participantes en conflictos, independientemente de cuál fuese el agresor o el agredido.

La primera de estas leyes o actas se adoptó en 1935, en paralelo al deterioro de la situación internacional provocada por el auge de los totalitarismos y en el marco de la invasión italiana de Abisinia (Etiopía). Sin embargo, se fue modificando en respuesta a los acontecimientos internacionales, como la Guerra Civil española –que, al ser un conflicto «interno», quedaba excluida inicialmente de las restricciones impuestas por la Neutral Act– o la Guerra Chino-Japonesa, no oficialmente declarada, en la que los EEUU ayudaron económicamente y con envíos de armas a China. El progresivo clima prebélico instalado en Europa a partir de 1937 provocó nuevas modificaciones del Acta de Neutralidad tendentes a favorecer a los futuros aliados, Francia y Gran Bretaña, antes incluso de que ambos bandos quedasen fijados y comenzase la Segunda Guerra Mundial, pero cuando ya los futuros frentes ideológicos habían quedado perfectamente delimitados en el conflicto civil español. Así, aunque protegidos por su tradicional y ampliamente popular coraza aislacionista, típica de su política con respecto a los «asuntos europeos», los Estados Unidos empezaban ya a tomar partido por uno de los bandos de la guerra que estaba por venir.

La modificación final tendría lugar tras la derrota de Polonia en septiembreoctubre de 1939. La «exhibición» del poderío militar germano en la campaña polaca y la firma del acuerdo de cooperación entre la URSS y Alemania provocan la determinación del presidente Franklin D. Roosevelt de convertir a su país en el «arsenal de las democracias». La legislación aprobada en noviembre de 1939, basada en el principio de «Cash and Carry» (paga y lleva), permite a los países en guerra comprar material bélico norteamericano, siempre que sea pagado automáticamente y sea el comprador el que transporte por su cuenta y riesgo la mercancía. Con el Océano Atlántico dominado por una Royal Navy que se enfrenta a los primeros movimientos de la Kriegsmarine alemana en una Batalla del Atlántico todavía en ciernes, la política de «Cash and Carry» convierte a los Estados Unidos más en un supermercado gigante de armas para Francia y el Reino Unido que en el arsenal que Roosevelt desea. Para eso tendrán que pasar dos años, hasta que las leyes de «Préstamo y Arriendo» se pongan en marcha, y, sobre todo, hasta la entrada del país en guerra en diciembre de 1941. Pero antes de eso, y a pesar de la neutralidad militante de gran parte del Congreso y de la opinión pública estadounidense, el país se está aproximando inexorablemente hacia el bando aliado, con el que comparte una plena identificación política e ideológica.

España, recién salida de la Guerra Civil y declaradamente «no beligerante», ofrece, por contraste, un ejemplo de aproximación hacia el bando del Eje. Plenamente identificada con Alemania, a pesar de lo heterogéneo de los componentes del bando «nacional» ―falangistas, carlistas, monárquicos, moderados y radicales de derecha, etc…― y de la filiación filobritánica de una influyente minoría de los círculos diplomáticos del nuevo régimen y de parte de sus élites, el alineamiento ideológico con la Alemania nazi y también con la Italia fascista, que aún no está en guerra, es de momento pleno. Sin embargo, el estado total de ruina en que se encuentra el país y la necesidad de afianzamiento del régimen franquista, tanto frente a los coletazos de resistencia armada protagonizados por guerrilleros pertenecientes a las diversas facciones del bando republicano como frente a los propios opositores internos del nuevo régimen, hacen que la administración franquista se vuelque más en el «frente interno» que en las cuestiones de ámbito internacional. Oscilando entre la neutralidad y la no beligerancia, el régimen del general Franco optará por esperar acontecimientos antes de mostrar más nítidamente sus afinidades y ambiciones.

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