El soborno británico a España que cambió la historia de la segunda guerra mundial .


Veinticuatro de junio de 1940. Un triunfante Hitler se fotografía sonriente delante de la Torre Eiffel. La perfecta maquinaria militar alemana ha triturado al Ejército francés y tomado París sin disparar un tiro. Los soldados del III Reich parecen invencibles. Cuarenta y ocho horas después, el primer ministro británico, Winston Churchill, tiene en su mesa una propuesta de su embajador en Madrid, Samuel Hoare. Descabellada, insensata, pero factible. A falta de otras ideas mejores, sólo hay espacio para la audacia.

Veterano diplomático con experiencia en operaciones secretas durante la Gran Guerra, Hoare está convencido de que España se encuentra al borde de entrar en la contienda mundial a favor del Führer. «Este ardid quizá nos salve del desastre», sostiene. Su análisis de la situación es revelador: «Franco desea permanecer neutral pero está aterrorizado por Alemania; (Serrano) Suñer, (el general) Yagüe y el ala izquierdista de la Falange favorece la intervención (en la guerra); el ala derechista (requetés, carlistas, empresarios, la mayoría del Ejército y los campesinos) a favor de la neutralidad».

Por tanto, no hay otra salida que reforzar y organizar el «ala derechista». «Cualquier potencia que ataque a España será “el enemigo” y nosotros debemos esperar su resistencia activa y pasiva». El razonamiento está incluido en un documento británico que ha permanecido secreto durante 73 años y que acaba de ser desclasificado por los Archivos Nacionales británicos al que ha tenido acceso ABC. Por primera vez, se revela quiénes participaron en esa operación secreta del MI6 y cómo se llevó a cabo.

«Los caballeros»
Denis Symith, un prestigioso profesor de Historia de la Universidad de Toronto, publicó en 1991 un documentado artículo titulado «Los caballeros de San Jorge: Gran Bretaña y la corrupción de los generales españoles (1940-1942)» en el que explicaba, por primer vez, las líneas maestras de la operación secreta.

Consistía en lograr la colaboración de una treintena de destacados generales y altos oficiales cercanos a Franco para influir sobre el Caudillo y evitar que entrara en la guerra. Para incentivar esta «colaboración», Hoare, con la ayuda del capitán Alan Hillgarth, agregado naval en Madrid entre 1939 y 1943, ideó un sistema de sobornos a través del financiero español Juan March que había iniciado la colaboración con Londres como «doble agente» durante la I Guerra Mundial.

Se denominaron «caballeros de San Jorge» en referencia a las guineas de oro que Inglaterra había utilizado en el pasado para subvencionar a sus aliados continentales en las guerras europeas. En una de las caras de esas monedas aparecía San Jorge, símbolo de Gran Bretaña, a caballo haciendo frente al dragón.

Sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos y conjeturas, Symith nunca pudo confirmar quiénes eran los beneficiarios. «Algún día saldrán a luz porque sus nombres están escritos en los documentos que se guardan en Kew», vaticinó la última vez que hablé con él hace años en referencia a la localidad cercana a Londres donde residen los archivos británicos. Y así ha sido.
El documento desclasificado detalla el funcionamiento de la trama.

Constaba de un «núcleo duro» formado por Nicolás Franco, hermano del Generalísimo y entonces embajador en Lisboa; el general Varela, ministro del Ejército; el salvador de Oviedo, general Aranda; el general Gallarza -ministro del Interior- y, por último, el general Kindelán, entonces capitán general de Cataluña, región básica para cualquier operación militar.

Un segundo círculo de conspiradores estaba constituido por los generales Queipo de Llano, Orgaz, Moreno, Alongo, Solchaga, Asensio y Muñoz Grandes -antes de dirigir la División Azul-, todos ellos al mando de capitanías o territorios claves como Marruecos o Sevilla.

Ingeniería financiera

La documentación desclasificada señala que Churchill autorizó un total de 20 millones de dólares de la época (unos 331 millones al cambio actual) para sobornos que se fueron concediendo por periodos de seis meses hasta finales de 1942, pues a partir de entonces el régimen franquista ya había girado hacia los Aliados.

Según la documentación británica, Nicolás Franco y los generales Varela y Aranda eran los que más cobraban -dos millones de dólares- seguidos de Gallarza y Kindelán -un millón cada uno-. También hay constancia de que recibieron dinero Queipo de Llano, Orgaz y Asensio, aunque no está claro cuánto exactamente.

March propuso que el dinero fuera ingresado en la banca suiza en Ginebra y después depositado en una sucursal en Nueva York. Las cantidades fueron transferidas en cuentas separadas conjuntas bajo los nombres de March y de los respectivos beneficiarios. Estos aceptaron cobrar la mitad al principio de cada periodo de seis meses y el resto al final. Sólo una cuarta parte sería en pesetas para no levantar sospechas.

El esquema funcionó perfectamente durante el primer año pero en septiembre de 1941 surgieron complicaciones cuando Estados Unidos bloqueó las cuentas financieras de March por considerarle sospechoso de trabajar para el enemigo. El problema fue tan serio que requirió la intervención personal de Churchill para desbloquearlas.

Además de su influencia política, el servicio secreto británico MI6 utilizó a estos generales para montar una organización clandestina que pudiera dar un golpe de estado si Hitler invadía España o era necesario «liquidar» a Serrano Suñer o Yagüe, pero sin derrocar a Franco.

¿Un dinero bien invertido?

Un interrogante justificado se refiere a si, al final, mereció la pena. Algunos piensan que quizá exageraron los peligros para seguir cobrando aunque los telegramas del Foreign Office no ponen en duda su contribución al objetivo final.

Por ejemplo, llega a considerar como uno de sus resultados más importantes la dimisión a finales de julio de 1940 del entonces ministro del Aire, general Yagüe. «Los planes están teniendo efecto. El general Yagüe, el protagonista de la entrada de España en la guerra, ha sido destituido. Parece que recientemente dijo a Franco que la guerra terminaría en pocas semanas y que España debía entrar en la guerra ya.

El ministro de la Guerra que estaba presente en la entrevista se opuso firmemente a este planteamiento y Franco le apoyó de forma igualmente firme». España no entró finalmente en la Segunda Guerra Mundial pero, lo que sí es cierto, es que en el camino algunos políticos y generales mejoraron su situación económica a costa, en este caso, de los contribuyentes ingleses.

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