Juan Pujol alias Garbo, el espía que engañó a Hitler.


Es una paradoja que el espía más decisivo de la Segunda Guerra Mundial nunca pisara una oficina de ningún servicio de inteligencia, no hablara idiomas, y terminase siendo la única persona condecorada por ambos bandos.  Responder a esta enigmática pregunta sólo es posible conociendo la singular personalidad del barcelonés Juan Pujol García, Garbo para los aliados y Arabal para los nazis.

Juan Pujol García

Juan Pujol García

De esquivo prófugo durante la Guerra Civil a agente doble, pieza fundamental en el desembarco de Normandía, Pujol recorrió una trayectoria tan fascinante como útil para desentrañar el juego de intereses y falsedades que convirtieron a España en un foco de espionaje determinante para el resultado final del conflicto. Primero contactó con los alemanes, los convenció de ser un nazi convencido. Falso. Improvisó para ellos un puñado de informes y, cuando su aventura personal parecía tocar fin, fue captado por los británicos.

A partir de ahí, Pujol trasladado realmente a la capital británica, la eficacia de Pujol como intoxicador al servicio del MI5 constituyó uno de los ejercicios más sorprendentes de pericia en la historia del espionaje moderno. Nada de eso hubiera sido posible sin la ayuda de su enlace en el servicio de contraespionaje británico, Tomás Harris, un bohemio pintor de madre española que representa por sí mismo otro personaje de inagotable fascinación.

La labor de Pujol no habría sido posible si los agentes de inteligencia alemanes en Madrid no hubieran pecado del exceso de confianza que les permitía saberse en territorio amigo, con un régimen cómplice y una opinión pública favorable. Berlín desplegó en Madrid su mayor embajada en un país supuestamente neutral. Entre el más de medio millar de funcionarios existía una nutrida nómina de agentes de la Gestapo, el Abwehr, y el SD, de Heydrich.

57D5F615CAl frente de este operativo figuraba Wilhelm Leissner, alias Gustav Lenz, un respetado oficial de la armada alemana y amigo personal del almirante Canaris. La ideología conservadora de Leissner, no obstante, distaba de encajar en los principios del nazismo y su puesto en Madrid obedeció siempre a su discreción y a su amistad personal con Canaris.

Almirante Canaris, jefe del Abwehr

Almirante Canaris, jefe del Abwehr

De él dependían dos de los agentes más activos del espionaje militar en España: Eberhard Kieckebusch y Friedrich Knappe Ratey, alias Federico. Éste último resultó ser el mentor de Pujol como agente alemán, ajeno al engaño del que era objeto.

De ambos dependió igualmente el amplio listado de españoles que por convicción o dinero se prestaron a colaborar con la inteligencia germana en el Reino Unido y otros países enemigos del Eje. Entre ellos, el personaje más exótico e inclasificable fue sin duda Ángel Alcazar de Velasco, falangista de camisa vieja, torero en su juventud, pintor y periodista, que sumaba a sus dudosas cualidades como espía la amistad personal con Ramón Serrano Suñer.

Ángel Alcazar de Velasco

Ángel Alcazar de Velasco

Alcázar de Velasco fue nombrado agregado de prensa en la Embajada Española en Londres con la misión clandestina de suministrar información a Berlín y crear una red de agentes. El duque de Alba, entonces embajador, toleró pero nunca acató de buen grado su presencia. En la órbita de Velasco actuaron como informadores improvisados un joven falangista llamado Miguel Piernavieja del Pozo (neutralizado desde un primer momento a causa de su afición a las faldas y la bebida), y Luis Calvo, corresponsal del diario ABC y futuro director del periódico. Detenido por el MI5, Calvo fue llevado al campo de prisioneros 020, a las afueras de Londres, interrogado desnudo y considerado culpable de espionaje. Sólo la mediación diplomática al más alto nivel impidió una sentencia de muerte, aunque pasó el resto de la guerra como prisionero.

El propio Velasco fue siempre objeto de seguimiento por el MI5, si bien no hacía falta demasiado empeño en vigilar su conducta. Su indiscreción era notoria y no dudaba en visitar alguno de los más exclusivos clubs londinenses con el uniforme falangista.

El prolífico Velasco llevó sus ansias aventureras posteriormente hasta el mismo Imperio japonés, para quien creó una red de confidentes en Estados Unidos, la red Tô, de exiguos resultados pero que le reportaron pingües beneficios. En ella colaboraron varios diplomáticos, y alguno, como el cónsul español en Vancouver Fernando de Kobe, pagó la osadía con su detención a manos del FBI.

Otros diplomáticos de carrera también prestaron su esfuerzo a la causa alemana con una dedicación que fue incluso criticada desde Madrid. Fue el caso, por ejemplo, de Pedro Prat y Soutzo, embajador durante la guerra en Turquía y Finlandia, condecorado tanto por Italia como por Alemania, quien no dudó en prestar notables servicios al Eje mediante la divulgación de información diplomática y datos de la Unión Soviética que remitía tanto a Berlín como a Madrid.

Con la derrota del Eje, la mayoría de estos agentes, de perfil más propio de ‘anacleto, agente secreto‘ que de profesionales de inteligencia, vieron frustradas sus aspiraciones. Sin embargo, varios reincidieron en su batalla particular, ahora contra el comunismo y la influencia soviética. Alcázar de Velasco y Prat siempre se mostraron contumaces en la defensa de sus principios. Les apoyaba un régimen que, aunque diplomáticamente había variado su lealtad, mantenía una enconada simpatía por el amigo derrotado.

En los años inmediatamente posteriores, Madrid acogió a no menos de medio centenar de importantes nacional-socialistas o fascistas procedentes de países satélites. Otto Skorzeny, Leon Degrelle o Ante Pavelicv no representaron una excepción, sino la regla de una diplomacia tácita de acogida.

Después del final de la Segunda Guerra Mundial, Pujol temía represalias de supervivientes nazis. Con la ayuda del MI5, Pujol viajó a Angola y fingió su muerte de malaria en 1949. De hecho nadie supo que seguía vivo, ni siquiera los servicios secretos británicos. Había ganado mucho dinero en la guerra ya que fue muy bien pagado, sobre todo por los alemanes y se trasladó a la población de Lagunillas en Venezuela, donde vivió en el anonimato estableciendo una librería, una tienda de regalos y un cine en Choroní, localidad costera venezolana de la que Pujol estaba enamorado. No tuvo suerte en los negocios y perdió mucho dinero.

Durante décadas se le dio por muerto, incluso su primera mujer y dos hijos que tuvo con ella lo creían así. Tampoco la familia que fundó en Venezuela sabía quién había sido. A veces comentaba en familia medio en broma que había sido un espía pero nadie le creía y se burlaban de él.

Fue alrdedor de 1984 cuando el escritor británico Nigel West, especializado en novelas de espías, se interesó por el fascinante personaje de Pujol sorprendiéndole su muerte tan novelesca. West intuyó que Pujol podría seguir vivo y se dedicó a su búsqueda consiguiendo al fin encontrarlo.

Tras su reaparición viajó a Inglaterra donde se reunió con sus viejos compañeros del MI5 y donde recibió toda clase de honores siendo recibido además por el duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II. También viajó por varios países europeos en donde apareció en diversos medios de comunicación. Naturalmente visitó su cuidad natal, Barcelona, allí tuvo un encuentro con los hijos de su primer matrimonio que le consideraban muerto.

Pujol murió en Caracas en 1988 y está enterrado en Choroní, su querida población costera en la que vivió una nueva segunda vida.

Documental de Televisión Española sobre Garbo (en español)

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