Operación Mincemeat. El cadaver enterrado en Huelva que fué decisivo en la invasión aliada de Europa.


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El marinero José Antonio Rey pescaba frente a la playa de La Bota, en Punta Umbría, en aquella madrugada del 30 de Abril de 1943, cuando divisó un bulto flotando que resultó ser un cadaver humano; lo subió a su bote y se lo llevó a tierra.

Cuando declaró que “Tenía la cara ennegrecida, como si estuviera chamuscada”, y añadió, “vestía uniforme militar, calzaba botas y llevaba una cartera atada al uniforme”.

Sin sospechar que su hallazgo cambiaría el curso de la guerra, José Antonio Rey, nunca supo la transcendencia de una de las operaciones más notables de la historia de la intilegencia militar, que después de más de medio siglo sigue rodeada de misterio: La Operación Mincemeat (“Carne picada”) organizada magníficamente por el Comité de los Veinte (grupo que dirigía una rama del MI5 especializada en el contraespionaje, operaciones de engaño y desinformación, y que montó con admirable maestría un ofical de la División de Inteligencia Naval, el capitán de corbeta Ewen Montagu.

Esta operación de psicología inversa que trataba de engañar al OKW alemán, pretendia ocultar el lugar del primer gran desembarco aliado en Sicilia planeado para Julio de 1943; aprobado por Churchill y Eisenhower en la Conferencia de Casablanca, en Enero de 1943. El objetivo de Mincemeat era hacer creer al enemigo de que el desembarco tendría lugar en Grecia y Cerdeña.

El comandante Ewen Montagu, decidió diseñar un plan que engañase por completo a los alemanes y que consistió en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un supuesto piloto que habría muerto ahogado tras estrellarse su avión. El piloto portaría información confidencial en la que se identificaría claramente a Grecia y Cerdeña como objetivos del desembarco aliado, y esa información tendría que llegar a manos de los alemanes. Eligieron la costa onubense por tres razones fundamentales: la primera porque quedaba en la ruta aérea entre Inglaterra y el cuartel general aliado en Argel; la segunda porque, aunque en teoría España era un país neutral, en la práctica el régimen del general Franco apoyaba a Hitler y daba cobertura a sus servicios secretos, y la tercera porque precisamente en Huelva operaba Adolf Clauss, el mejor espía alemán del sur de Europa y jefe de la Abwehr en Huelva, donde su padre ejercía de cónsul.

Según cuenta Montagu en su libro The man who never was, que publicó en 1953. El eminente patólogo forense sir Bernard Spilsbury le aconsejó utilizar el cuerpo de un fallecido por neumonía, que presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados por líquido pleural. A juicio de Spilsbury, sería muy difícil de detectar. Quedaba elegir un cadáver, y en este punto es donde, como se verá más adelante, comienzan las medias verdades y los misterios que se perpetúan hasta la actualidad. Localizaron a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital de Londres, obtuvo permiso de la familia para utilizar su cuerpo sin especificar los pormenores de la misión a cambio de la promesa de que recibiría cristiana sepultura.

Winston Churchill aprobó el plan el 15 de abril de ese mismo año de 1943, y el equipo de Montagu se apresuró a construir una personalidad para el cadáver y definir los elementos que portarían sus ropas y su cartera, los detalles del cebo que haría tragar el anzuelo a los alemanes. Le llamaron William Martin, le dieron el rango de capitán de la Royal Marine con funciones de mayor. William Martin. Había nacido en marzo de 1907 y tendría 36 años recién cumplidos en el momento de su presunta muerte. Le pusieron en los bolsillos una carta del Lloyds Bank fechada el 14 de abril en la que se le instaba a saldar un descubierto de 80 libras, y una factura de 53 libras por la compra de un anillo de boda para su novia, Pam -que en realidad existía y era miembro del MI5– de la que llevaba una foto y dos cartas que el equipo de inteligencia británico plegó y desplegó una y otra vez para simular que habían sido releídas obsesivamente por el joven piloto enamorado. Entre los efectos personales incluyeron un reloj, cigarrillos, cerillas, llaves, billetes viejos de autobús y dos entradas usadas para la comedia Strike a new note, representada en el teatro Príncipe de Gales de Londres el 22 de abril de ese año. Una factura del Club Naval de Londres por la estancia de seis noches (entre el 18 y el 23 de abril), y su documento de identidad, cuya fotografía era de un doble porque el mayor Martin salía en los retratos con un irremediable aire de muerto. Por último, le pusieron una cadenilla con una cruz de plata alrededor del cuello y dos placas de identidad en las muñecas con la inscripción “Mayor Martin, R. M. “. Las siglas significaban Roman Catholic porque era prioritario que William Martin fuese católico. Así se aseguraban de que sería enterrado en el cementerio de Huelva, donde los espías alemanes se movían a su antojo y de paso Ewen Montagu cumpliría la promesa hecha a su familia.

El verdadero cebo, guardado en la cartera de mano, constaba de tres documentos. El primero era una carta del general Nye, enviado al general Alexander, responsable de las fuerzas británicas destacadas en Túnez a las órdenes del general Eisenhower, que emulaba una carta entre dos amigos salpicada de confidencias en la que Nye hablaba de las playas griegas del peloponeso: Kalamata y Cabo Araxos como los puntos del gran desembarco, y de algún otro lugar del Mediterráneo que no especificaba. La carta añadía que Sicilia sería utilizada para desviar la atención del enemigo. El segundo documento era una carta de Lord Mountbatten al almirante Cunningham, comandante en jefe de la flota británica en el Mediterráneo; escrita también en un tono personal, remataba con una broma envenenada. “Creo que encontrará en Martin al hombre adecuado”, decía Mountbatten, “pero le ruego lo vuelva a enviar apenas haya terminado el asalto. Podría, de paso, traernos algunas sardinas. ¡Están racionadas aquí!”. Los ingleses le llaman Sardinia a Cerdeña. La broma, pues, le estaba señalando a los alemanes el segundo falso objetivo del desembarco. El tercer documento contribuía a dar veracidad a los otros dos, y se trataba de otra carta de Mountbatten al propio Eisenhower, en la que le solicitaba un prólogo para la edición americana de un folleto sobre operaciones combinadas. Tanto Mountbatten como Nye escribieron las misivas de su propio puño y letra para evitar que los alemanes descubriesen una eventual falsificación.

Tras la luz verde de Churchill, el cadáver de Martin se introdujo en un contenedor metálico con forma de cilindro y relleno de amianto y cubrieron su cuerpo con nieve carbónica para retrasar su descomposición y grabaron en el cilindro la inscripción “Instrumentos ópticos” para disimular su contenido ante la tripulación del submarino HMS Seraph 219 que transportaría el cadaver hasta Punta Umbría. Siempre según la versión oficial de Montagu, se decidieron por el Seraph porque su comandante, el teniente Norman Jewell, yenía un amplio historial en misiones especiales; el submarino tenía su base en Holy Loch, en la costa oeste de Escocia, metieron el cilindro en una furgoneta y condujeron sin parar los 800 kilómetros que los separaban de Londres. El Seraph se hizo a la mar finalmente, con el cuerpo del mayor Martin en su interior, a las seis de la tarde del 19 de abril, y navegando durante 10 días sumergido de día y en superficie durante la noche, hasta que el 29 de abril, se posicionó a una milla de la costa de Huelva, emergiendo a las 4:15 horas del día siguiente, izaron el contenedor a cubierta y sacaron el cadáver de su interior. Martin había empezado a descomponerse, una especie de moho verde le cubría la cara, y la piel había empezado a despegarse de la nariz y las mejillas. Le inflaron el chaleco, rezaron por él una breve plegaria y lo depositaron en la mar. A las 7:15 h. enviaban, ya en Gibraltar, una señal confirmando que su cometido en la Operación Mincemeat había concluido.

Una de las autoridades que se trasladaron a la playa de La Bota fue Mariano Pascual del Pobil, entónces juez instructor de la Marina, en Huelva. Tras ordenar el levantamiento del cadáver, el juez se llevó la cartera de Martin para entregársela a quien correspondía; esto es, al vicecónsul británico y amigo personal suyo, Francis Haselden. Pero Haselden era una de las pocas personas en España, si no la única, que estaban al tanto de la trama, precisamente porque su objetivo era evitar que le entregasen la documentación y propiciar así que cayese en manos de los espías alemanes. Según la hija del vicecónsul ya fallecido, Elizabeth Haselden no lo aceptó pidiéndole a su amigo Pascual del Pobil que “siguiese el conducto reglamentario y se lo entregase al comandante de Marina”.

La mañana del 1 de mayo, el cadáver fue depositado en la sala de autopsias del cementerio municipal de Nuestra Señora de la Soledad. Se le encomendó al forense titular de la ciudad, Eduardo Fernández del Torno, quien concluyó que Martin todavía estaba vivo cuando había caído al mar y que había muerto de asfixia por inmersión. Matizó, no obstante, que debía llevar entre 8 y 10 días en el mar, a pesar de que, sorprendentemente, no presentaba las típicas mordeduras de peces y cangrejos en las zonas blandas del cuerpo, como tantas veces había visto en los cuerpos de marineros ahogados. La cuestión era que, si llevaba ya 10 días en el mar, difícilmente podría haber dormido en el Club Naval de Londres el día 23, como atestiguaban sus facturas, e incluso haber ido con su novia, Pam, al teatro el día 22. Los alemanes cometieron un grave error de inteligencia al no reparar en ello. Porque Adolf Clauss, mientras el cadáver del mayor era diseccionado en el cementerio, ya estaba fotografiando toda la documentación de Martin. Se cree que tomó las imágenes en la propia Comandancia de Marina de Huelva; no en vano, el comandante de Marina y el padre del espía, el cónsul Clauss, eran íntimos amigos. Poco después, la documentación original fue remitida al Estado Mayor de la Armada en Madrid, donde, ante la importancia del asunto, les faltó tiempo para avisar al jefe de la Abwehr en España, Gustav Leissner. Los sobres y papeles fueron abiertos, fotografiados y cerrados por segunda vez en la Embajada alemana. Aunque no hubiera hecho falta. Clauss ya los había enviado a Berlín. La Embajada británica recibió finalmente la documentación, que fue enviada con urgencia a Londres para verificar si había sido manipulada. Los resultados fueron positivos. Montagu, como tantos otros secretos relacionados con este asunto, se llevó a la tumba el sistema utilizado para saber si los alemanes habían abierto los sobres, aunque se cree que habían puesto pestañas en los cierres, y las pestañas ya no estaban. William Martin fue enterrado con honores militares el caluroso domingo del 2 de mayo, y días después se colocó una lápida de mármol sobre la tumba.

El Almirantazgo difundió la noticia de su muerte y The Times del 4 de junio la publicó junto a la de otros dos oficiales que realmente habían muerto en accidente aéreo sobre el mar. Montagu comunicó a sus jefes el fin de la operación y éstos enviaron un escueto mensaje cifrado a Churchill, de viaje oficial en Washington: “Mincemeat swallowed whole” (“Carne picada tragada entera”). Ahora sólo cabía esperar a culminar la Operación Husky o sea la invasión, en la mañana del 10 de julio de 1943, cuando las tropas aliadas desembarcan en el sur de Sicilia y se encuentran la isla desguarnecida. Dos semanas después, Hitler sigue tan convencido de que el desembarco es una maniobra de distracción que envía al mariscal Rommel al Peloponeso. En efecto, se había tragado entera la carne picada de Martin, y para cuando quisiera darse cuenta, ya sería demasiado tarde. Al finalizar la contienda, las tropas aliadas descubrieron en la ciudad alemana de Tambach los archivos navales secretos del III Reich, y entre ellos aparecieron las fotografías de los documentos que llevaba el cadáver de Punta Umbría en la cartera. También se descubrió el diario del almirante Doenitz. El 14 de mayo de 1943, tras una entrevista con Hitler, Doenitz escribió: “El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que el punto más probable de una invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido principalmente contra Cerdeña y el Peloponeso”.

Mincemeat había sido un éxito, parte de la documentación se desclasifican en 1953, y el Comité Conjunto de Inteligencia británico, ante el riesgo de que apareciesen informaciones periodísticas fuera de su control, encarga a Montagu que escriba la versión oficial de la Operación Mincemeat. Cuando en 1993, transcurridos los 50 años de secreto oficial, se desclasifica la mayor parte de los documentos de la operación custodiados en la Public Record Office en la ciudad de Kew, la decepción es enorme al descubrir que ninguno revela la identidad del mayor Martin. Sin embargo, en 1996, el funcionario Roger Morgan, descubre unos papeles recién desclasificados donde se identifica el cadáver con el nombre de Glyndwr Michael, un mendigo nacido en Gales y muerto por suicidio con matarratas. Los periódicos se hacen eco del secreto finalmente desvelado tras cinco décadas de persistente misterio, y el Gobierno británico, apenas dos años después, encarga que se grabe ese nombre en la lápida de Huelva. Todo muy rápido. Demasiado rápido, según algunos, para ser convincente.

Jesús Ramírez Copeiro, un ingeniero de minas retirado de la localidad onubense de Valverde del Camino, junto a su esposa noruega Elin von Muthe, espacializados en la investigación de la Operación Mincemeat, desde la autoridad que le otorga ser el mayor experto mundial en este asunto, Copeiro es concluyente al afirmar que el cadáver no podía ser el de un mendigo suicidado con matarratas. Hubiera sido demasiado burdo y demasiado fácil de detectar por los alemanes. El doctor Luis Concheiro, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Santiago y uno de los más eminentes forenses españoles, también se ha sentido atraído desde hace tiempo por los pormenores de esta operación. Concheiro disculpa a su colega onubense de la época diciendo que “hubiera sido fácil que confundiese el aspecto de un pulmón afectado por neumonía con los pulmones de un sumergido, pues si el análisis microscópico necesario para distinguirlos no se hace de forma rutinaria ni en la actualidad, mucho menos en 1943”.

Los especialistas no hacen si no plantear unas dudas sobre la versión oficial que otro investigador del caso, el inglés Colin Gibbon, consiguió desmentir al entrevistar al que entonces era uno de los últimos testigos vivos de la operación, el hombre que vio el cadáver antes de depositarlo en el agua: Norman Jewell, ex comandante del submarino Seraph. Jewell fue bastante explícito: era muy improbable, dijo, que el cuerpo de un mendigo suicidado con veneno hubiera sido utilizado en la operación. Pero, ¿por qué tanto misterio?

John Steele era sólo un niño cuando el 27 de marzo de 1943 vio cómo frente a su pueblo, ubicado en el estuario del río Clyde, en el noroeste de Escocia, un enorme barco explotaba y se hundía en un suspiro. Aquél suceso le obsesionó durante toda su vida, y cuando sejubiló se dedicó a investigar el que es uno de los episodios más trágicos y oscuros de la historia naval inglesa: el hundimiento del portaaviones HMS Dasher, que se hundió en 18 minutos tras sufrir una explosión a bordo. Murieron 379 marinos, pero por alguna razón el Gobierno británico se limitó a enviar un telegrama a las familias y sólo enterró oficialmente 12 cuerpos, y fué clasificado como “alto secreto”. Nunca se entregaron los cadáveres restantes ni se dieron más explicaciones. Cuando Steele publicó en 1995 “Los secretos del HMS Dasher” todavía no se había relacionado ese suceso con la Operación Mincemeat ni se sabía que un tenaz ingeniero de minas de un pueblo del sur de España seguía concienzudamente los pasos del mayor Martin.

Estos tres hombres, Steele,Gibbon y Copeiro, entran finalmente en contacto, y, tras varias reuniones en Huelva y Escocia, las piezas del puzzle comienzan finalmente a encajar. Analizando la documentación desclasificada, reparan en que Montagu se reunió con el comandante del submarino en Londres para comunicarle los pormenores de la operación el 31 de marzo de 1943, esto es, cuatro días después de haberse hundido el HMS Dasher. En ese encuentro se le ordena que lleve el Seraph, que estaba atracado en la base de Blyth, hasta la de Holy Loch, a sólo 18 millas del punto donde acababan de morir, la mayor parte ahogadas, casi 400 personas.

Montagu, en su libro, dice que trasladaron el cadáver desde Londres a Holy Loch conduciendo sin parar durante horas en una furgoneta. Pero si el submarino ya estaba atracado en Blyth, mucho más cerca de la capital, ¿por qué hacerle navegar cientos de millas hasta el noroeste de Escocia en plena guerra y en un mar lleno de peligros? La respuesta, concluye Copeiro, es que se utilizó uno de los cuerpos de los fallecidos en el hundimiento del Dasher. Todos los investigadores piensan lo mismo. Sólo así se explicaría la convicción de Hitler. Porque también están convencidos de que los alemanes hicieron su propia autopsia. El hijo de Adolf Clauss, Federico, que reside en un pueblo sevillano, también lo cree porque su padre le contó que se llevaron el cuerpo poco después del entierro, que lo metieron en un submarino alemán que se acercó en secreto a la costa y se lo llevaron a analizar a Alemania. Por su parte, el doctor Concheiro, muestra su convencimiento de que un patólogo alemán, en una segunda autopsia, habría realizado un análisis histológico de los pulmones y, por tanto, habría descubierto el engaño

La cuestión es: ¿Quién está enterrado en la tumba del cementerio de Nuestra Señora de la Soledad? ¿Está vacía? Copeiro en 1993 quiso acceder, tras su desclasificación, a uno de los últimos y más secretos documentos de la Operación Mincemeat, el CAB 93/7, y le negaron el acceso porque había pasado a situación de “préstamo permanente” (permanent loan). Al interesarse por el destino del préstamo, la respuesta le dejó estupefacto: el 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro.

 

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